La Argentina que América Latina no quiere celebrar
Eduardo A. Gamarra
Nadie está obligado a celebrar la victoria ajena. En el fútbol, la alegría es territorial: tiene bandera, camiseta, acento, memoria y heridas. Pero, en esta Copa Mundial, ha sido llamativo observar cómo una parte importante de América Latina no solo no celebra el éxito argentino, sino que parece disfrutar de la posibilidad de su caída. No se trata de todos los latinoamericanos, por supuesto. Argentina tiene admiradores en toda la región y en todo el mundo. Pero el fenómeno existe: ante cada remontada argentina, cada gol de Messi, cada gesto de supervivencia competitiva, emerge una reacción incómoda, a veces irónica, a veces abiertamente hostil.
La pregunta no es si América Latina debe apoyar a Argentina. La pregunta es por qué Argentina, que podría ser vista como una potencia regional compartida, despierta en tantos vecinos más rechazo que orgullo. La respuesta fácil es decir “envidia”. Y algo de eso hay: el éxito sostenido irrita. Pero esa explicación es insuficiente. Lo que ocurre con Argentina toca fibras más profundas: rivalidades deportivas, resentimientos históricos, percepciones de arrogancia, tensiones raciales, imaginarios migratorios y una vieja disputa sobre quién tiene derecho a representar lo latinoamericano.
Argentina carga con una imagen regional ambigua. Para algunos, es el país del talento, de la literatura, del psicoanálisis, del tango, de Maradona y de Messi. Para otros, es el país que se cree europeo, mira por encima del hombro y solo recuerda a América Latina cuando necesita solidaridad. Esa caricatura no nace de la nada. Hay gestos argentinos en la política, en la cultura popular y también en el fútbol que han alimentado la percepción de soberbia. El hincha argentino puede ser creativo y apasionado, pero también cruel. Sus cantos, a veces, celebran el ingenio y otras veces cruzan líneas racistas, xenófobas u homofóbicas. La controversia de 2024, cuando jugadores argentinos fueron criticados por cánticos racistas dirigidos a futbolistas franceses de ascendencia africana, dañó aún más esa imagen y mostró que no toda crítica externa puede descartarse como resentimiento. Hugo Lloris, ex capitán de Francia, dijo entonces que la euforia no podía justificar el racismo; la Federación Francesa y la FIFA también intervinieron en el caso.
Pero reconocer esas fallas no implica aceptar la tesis simplista de que Argentina es un cuerpo extraño en América Latina. Más bien, obliga a entenderla como una de las expresiones más contradictorias de la región. Argentina es latinoamericana precisamente porque está hecha de mestizajes incompletos, memorias selectivas, migraciones, desigualdades, mitos nacionales y fútbol popular. Lo que molesta de Argentina no es que esté fuera de América Latina, sino que expone una versión incómoda de ella.
Una de las acusaciones más repetidas es que Argentina “no es latinoamericana” porque se percibe como europea. En el fútbol, esa frase suele aparecer en forma de burla: la selección argentina sería casi “una selección italiana”, por la cantidad de apellidos de origen italiano y por la profundidad de la inmigración italiana en la formación del país. Pero esa burla, vista de cerca, revela más de lo que pretende esconder. Si Argentina es una nación de descendientes de italianos, españoles y otros inmigrantes europeos, entonces también es una nación de migrantes. La diferencia es que esos migrantes llegaron antes, fueron absorbidos por el relato nacional y, con el tiempo, dejaron de ser leídos como inmigrantes.
La inmigración italiana no fue una excursión aristocrática. Entre fines del siglo XIX y buena parte del siglo XX, millones de italianos llegaron a Argentina, muchos provenientes de regiones pobres como Calabria, Sicilia, Campania o Piamonte, empujados por la necesidad, la falta de tierra, el hambre o la búsqueda de movilidad social. Las estadísticas históricas muestran que la inmigración italiana fue masiva: alrededor de 3,5 millones de italianos llegaron a Argentina y, en ciertas etapas, constituyeron una parte enorme del flujo migratorio europeo; además, una proporción importante de esos inmigrantes eran trabajadores agrícolas, obreros no calificados o artesanos, no miembros de las élites económicas.
Por eso, cuando se dice que Argentina es “italiana”, conviene preguntar: ¿qué Italia? ¿La Italia imperial, elegante y aristocrática? ¿O la Italia pobre, campesina, sureña, obrera, migrante, muchas veces despreciada por las propias élites europeas? Buena parte de la Argentina futbolera no proviene de salones europeos, sino de conventillos, clubes de barrio, potreros, talleres, fábricas, almacenes y familias que hicieron de la pelota una escalera de ascenso simbólico. Esa es la historia que encarnan figuras como Javier Zanetti, Diego Maradona y Lionel Messi.
Zanetti nació en una familia trabajadora de Dock Sud; su padre fue albañil y su madre limpiadora. De joven, además de jugar al fútbol, ayudó a su padre en tareas de albañilería y realizó trabajos modestos antes de llegar a la élite. Maradona nació en una familia pobre y creció en Villa Fiorito, un barrio humilde del conurbano bonaerense; su biografía desarma cualquier fantasía de una Argentina futbolística nacida en cuna de oro. Messi, por su parte, creció en Rosario en una familia trabajadora: su padre trabajaba en una planta siderúrgica y su madre en un taller de imanes; su genealogía incluye ascendencia italiana y española.
Estos datos no convierten automáticamente a todos los jugadores argentinos en hijos de obreros, ni hace falta reconstruir la genealogía completa de cada plantel. Lo importante es el patrón cultural: la Selección Argentina no representa una élite europea trasplantada, sino una tradición futbolera de movilidad popular. El potrero argentino no es una postal romántica: es una institución social. Allí se mezclaron hijos de inmigrantes, trabajadores, barrios populares, clubes formativos y una ética competitiva feroz. Si hay una “italianidad” argentina, no es la de la superioridad europea, sino la de la inmigración plebeya convertida en identidad nacional.
La comparación con Europa es inevitable. Francia, Bélgica, Alemania, Inglaterra, Suiza u Holanda han construido selecciones poderosas con hijos y nietos de inmigrantes africanos, árabes, caribeños o asiáticos. Nadie diría seriamente que Francia dejó de ser Francia porque Zidane tenga raíces argelinas, porque Mbappé sea hijo de un padre camerunés y una madre argelina, o porque Kanté haya nacido en París de padres malienses. La selección francesa ha sido durante décadas un espejo de la Francia multicultural, aunque esa misma diversidad también provoca tensiones políticas y raciales dentro del país. Me atrevo a decir que la presencia de jugadores franceses de origen africano o caribeño es un factor central del éxito de “Les Bleus”.
La diferencia es que, en Europa, la migración poscolonial sigue siendo visible, racializada y discutida públicamente. En Argentina, la gran migración europea fue incorporada a la identidad nacional hasta volverse invisible. Los descendientes de italianos o españoles dejaron de ser “hijos de inmigrantes” y pasaron a ser simplemente argentinos. En Francia, en cambio, muchos hijos o nietos de africanos siguen siendo tratados como inmigrantes, incluso cuando nacieron en Marsella, París o Lyon. Esa diferencia no elimina la comparación; la vuelve más interesante. En ambos casos, el fútbol nacional se alimenta de historias migratorias. Lo que cambia es qué migración se normaliza y cuál sigue siendo marcada como alteridad.
Aquí aparece otra incomodidad: la Argentina oficial construyó durante mucho tiempo un relato de nación blanca y europea que invisibilizó sus raíces indígenas y afroargentinas. Ese relato es incompleto. La población afroargentina existió, tuvo peso en la historia colonial y republicana, y luego fue reducida, mestizada, silenciada o borrada del imaginario nacional. El censo de 2022 registró más de 300.000 personas que se reconocieron como afroargentinas, aunque diversos estudios y activistas han señalado que la ascendencia africana parcial puede ser mucho mayor que la autoidentificación censal.
Por eso, defender la latinoamericanidad de Argentina no puede significar negar sus problemas de racismo. Argentina debe mirarse mejor en el espejo afro e indígena que durante décadas evitó mirar. Pero América Latina también debe revisar la facilidad con la que recurre a la supuesta “blancura” argentina para expulsarla simbólicamente de la región. Esa expulsión opera como un castigo identitario: “Ustedes no son de los nuestros”. Sin embargo, América Latina no es una raza, ni una estética única, ni una geografía moral pura. Es indígena, afrodescendiente, mestiza, europea, árabe, judía, asiática, caribeña, andina, rioplatense y fronteriza. Argentina no es la negación de América Latina; es una de sus versiones más problemáticas.
La hostilidad hacia Argentina también tiene un componente deportivo más elemental: nadie quiere al vecino que gana demasiado. Brasil lo sabe. Alemania lo sabe. Estados Unidos lo sabe en otros deportes. Las potencias regionales suelen provocar admiración y rechazo al mismo tiempo. Cuando ganan, se les acusa de arrogancia; cuando pierden, muchos celebran como si se hubiera restaurado una justicia simbólica. En América Latina, donde varias selecciones han vivido profundas frustraciones mundialistas, el éxito argentino puede percibirse menos como orgullo continental que como un recordatorio de una jerarquía incómoda.
Además, las redes sociales han convertido esas emociones en un espectáculo permanente. Antes, la rivalidad se procesaba en bares, estadios y sobremesas. Hoy se convierte en un meme, una conspiración, un insulto, un video viral y una guerra de comentarios. La imagen del argentino soberbio circula más rápido que cualquier matiz. La del latinoamericano resentido también. Todo se simplifica: Argentina gana porque la FIFA la favorece; Messi avanza porque el negocio lo necesita; los argentinos celebran porque son arrogantes; los vecinos critican porque envidian. Cada consigna elimina una capa de realidad.
Pero el fútbol, cuando se lo mira con seriedad, rara vez admite una única explicación. Argentina genera rechazo porque gana, porque presume, porque ha producido genios, porque a veces canta lo que no debería, porque se imagina europea, porque otros la imaginan europea, porque es migrante, pero olvidó parte de sus migraciones, porque es blanca en su mito y mestiza en su historia, porque Maradona fue del barrio y Messi del mundo, porque Scaloni hizo de un grupo una familia competitiva y porque la camiseta argentina carga una intensidad emocional que pocos países pueden ignorar.
Tal vez por eso muchos no celebran a Argentina. Porque Argentina no ofrece una identidad cómoda para el continente. No es la hermana mayor generosa ni la víctima simpática. Es el pariente brillante, insoportable, talentoso, contradictorio, a veces ofensivo y a veces admirable, que recuerda a todos que América Latina no es una comunidad sentimental, sino una familia llena de rivalidades.
La tesis, entonces, no debería ser que América Latina tenga la obligación de aplaudir a Argentina. Pero sí convendría discutir mejor: ¿qué se rechaza al rechazar a Argentina? Si se rechaza su arrogancia, hay razones. Si se rechazan sus episodios racistas, hay razones aun más fuertes. Pero si se rechaza su pertenencia latinoamericana porque tiene apellidos italianos, porque sus jugadores son descendientes de migrantes europeos o porque su historia nacional se cuenta con acento rioplatense, entonces el argumento se vuelve pobre.
La Selección Argentina no es menos latinoamericana por ser hija de italianos, españoles, obreros, albañiles, fábricas, potreros y barrios populares. Es latinoamericana precisamente porque convirtió esas migraciones en cultura popular. Su historia no es la de una Europa importada para mirar desde arriba, sino la de una sociedad que transformó el desarraigo en pertenencia y la pelota en idioma nacional.
Quizás lo que más incomoda de Argentina no es que se crea europea. Quizás lo que incomoda es que, aun con todos sus defectos, ha logrado convertir su contradicción en una fuerza competitiva. Y en el fútbol, como en la historia, pocas cosas provocan más rechazo que una contradicción que gana.
Eduardo A. Gamarra, profesor boliviano-estadounidense de la Universidad Internacional de la Florida, es autor de De Argentina al Mundo, cómo AFA conquistó mercados estratégicos en todo el mundo. (Universo de Letras, Grupo Planeta, 2026)
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