No fue un guion de la FIFA: fue liderazgo
Argentina volvió a protagonizar uno de esos partidos que parecen escritos por un novelista exagerado. El martes, cuando Egipto ganaba 2-0 y el campeón del mundo parecía al borde de la eliminación, la Selección encontró tres goles en el tramo final y pasó a cuartos de final con una victoria 3-2 que ya pertenece al archivo emocional del fútbol argentino. Cristian Romero, Lionel Messi y Enzo Fernández firmaron la remontada. Messi, incluso después de fallar un penal, terminó siendo decisivo con una asistencia, un gol y la conducción emocional del equipo.
Pero apenas terminó el partido, la épica empezó a convivir con la sospecha. La Federación Egipcia criticó duramente el uso del VAR, cuestionó decisiones arbitrales y presentó una queja formal ante la FIFA. Hubo reclamos por un gol anulado, por una posible falta sobre Mohamed Salah en la jugada previa al gol de Enzo Fernández y por la falta de transparencia en la interpretación arbitral. Egipto tiene derecho a protestar. El arbitraje debe ser evaluado. El VAR, especialmente en instancias decisivas, necesita una explicación pública y criterios consistentes.
Pero una cosa es discutir el arbitraje y otra muy distinta es reducir una remontada a una conspiración. Decir que Argentina ganó porque la FIFA necesitaba que Messi siguiera en la Copa para no perder audiencia es una explicación cómoda, emocional y profundamente insuficiente. Sirve para alimentar las redes sociales, pero no para entender el fútbol. Una decisión arbitral puede condicionar un partido; no puede fabricar carácter, precisión, temple, convicción ni liderazgo colectivo. La FIFA no cabecea por Romero, no acomoda el cuerpo de Messi para empatar, no ataca el área por Enzo, no sostiene a un equipo que acaba de fallar un penal y está dos goles abajo.
Para entender lo que pasó contra Egipto hay que mirar menos la conspiración y más la cultura. Y esa cultura tiene dos arquitectos principales: Messi y Scaloni.
El liderazgo de Messi no es el del grito permanente ni el de la teatralidad. Es un liderazgo de presencia. Messi ordena porque todos saben lo que representa. No necesita invadir cada conversación en el vestuario para que su autoridad sea reconocida. Su liderazgo consiste en seguir pidiendo la pelota después del error, en aparecer cuando el partido se estrecha, en transformar la ansiedad colectiva en una posibilidad concreta. En mi libro De Argentina al Mundo, Messi aparece no solo como emblema deportivo, sino también como figura integral de la reconstrucción de la Selección y de la marca Argentina: un jugador cuya influencia impulsa tanto el rendimiento competitivo como el valor simbólico global.
Esa es la dimensión que las teorías conspirativas suelen ignorar. Messi no es únicamente un activo televisivo para la FIFA. Es, sobre todo, un organizador emocional para sus compañeros. Cuando Argentina cae 0-2, el equipo no mira a un algoritmo ni a una oficina en Zúrich; mira a su capitán. Y si el capitán, después de fallar un penal, sigue compitiendo con serenidad, el mensaje es inmediato: todavía se puede. Los grandes líderes no eliminan el miedo; lo vuelven funcional.
Ese tipo de liderazgo recuerda a otros grandes deportistas que elevaron a sus equipos no solo por su talento, sino también por la confianza que irradiaban. Michael Jordan en Chicago, Tim Duncan en San Antonio, Tom Brady en Nueva Inglaterra o Andrés Iniesta en España tuvieron estilos muy distintos, pero compartieron una cualidad: hacían que sus compañeros creyeran que el partido seguía vivo aun cuando la lógica decía lo contrario. Messi pertenece a esa familia de líderes. No siempre manda hablando. Muchas veces manda permaneciendo.
El otro gran responsable es Scaloni. Su aporte no se mide solo en términos de sistemas tácticos, aunque su flexibilidad táctica sea evidente. Se mide en la construcción de un entorno en el que el jugador no se rompe ante la adversidad. En mi libro describo a Scaloni como un líder humilde, comunicativo y empático, alejado del viejo modelo del “acá mando yo”. Su premisa es que el grupo está por encima del individuo y que el entrenador debe generar confianza, claridad y sentido de pertenencia.
Contra Egipto, esa cultura fue puesta a prueba. Un equipo mal liderado, al verse 0-2 en un mata-mata mundialista, suele dividirse en reproches: el delantero protesta, el mediocampista se esconde, el defensor se desespera, el técnico cambia por ansiedad. Argentina, en cambio, mantuvo una línea emocional reconocible. Sufrió, se equivocó, pero no se descompuso. Esa diferencia no aparece de un día para otro. Es el resultado de años de gestión del vestuario.
Scaloni entendió algo esencial del liderazgo moderno: la autoridad no se impone solo desde arriba; se distribuye. Messi lidera dentro del campo. De Paul, Paredes, Romero, Dibu Martínez y los demás generan microclimas de intensidad, confianza y pertenencia. El cuerpo técnico prepara, corrige y protege. Nadie queda fuera de la narrativa. En mi libro, la “Scaloneta” aparece como una cultura basada en la humildad, la unidad y la resiliencia, capaz de convertir el talento individual en inteligencia colectiva.
Por eso la remontada ante Egipto no debe leerse como accidente ni como teatro. Debe leerse como continuidad. Argentina ya había mostrado capacidad de respuesta después del golpe contra Arabia Saudita en Qatar, después del empate agónico de Países Bajos, después de la reacción francesa en la final de 2022. La Selección de Scaloni no siempre domina todos los partidos, pero rara vez pierde su identidad bajo presión. Esa es una forma superior de liderazgo: no garantizar que nada salga mal, sino preparar al equipo para seguir funcionando cuando todo salga mal.
La narrativa conspirativa, además, comete una doble injusticia. Primero, con Egipto, porque reduce su enorme actuación a la idea de una víctima predestinada. Egipto jugó con valentía, puso a Argentina contra la pared y merece respeto. Segundo, con Argentina, porque transforma una reacción deportiva extraordinaria en un supuesto trámite administrativo. Ambas cosas empobrecen el análisis.
Claro que la FIFA debe responder con transparencia. Si el VAR intervino de manera inconsistente, debe explicarse. Si hubo errores, deben reconocerse. La credibilidad del fútbol depende de que las reglas sean claras y de que los equipos sientan que compiten en igualdad de condiciones. Pero pedir transparencia no obliga a aceptar la teoría de que todo estaba escrito. La sospecha puede ser legítima; la conspiración requiere pruebas.
Lo que ocurrió ante Egipto fue más interesante que una conspiración: fue liderazgo bajo el máximo estrés. Fue Messi quien convirtió el error en combustible. Fue Scaloni quien demostró que la cultura pesa tanto como la táctica. Fue un equipo que, cuando la eliminación parecía inevitable, no negoció su fe interna.
En el fútbol, como en la política, la empresa o la vida pública, los resultados dramáticos rara vez se deben únicamente al talento. Nacen de modelos de liderazgo capaces de mantener la confianza cuando la realidad se vuelve hostil. Argentina no ganó porque la FIFA necesitara audiencia. Ganó porque todavía tenía fútbol, carácter y una estructura emocional capaz de sobrevivir al abismo.
Y eso, aunque a algunos les incomode, no se decreta desde un escritorio. Se construye.
Eduardo A. Gamarra, es autor de De Argentina al Mundo: Como AFA conquistó mercados estratégicos en todos los continentes. (Universo de Letras, Grupo Planeta, 2026)
Comments
Post a Comment